Ataque en la granja.
Se estiró para coger su espada, que guardaba encima del dintel. Su peso le reconfortó, se sintió más seguro. Un leve silbido sonó cuando la desenvainó. Después de muchos combates, el filo seguía estando como el primer día, los herreros del imperio hacían el mejor acero del mundo. Se quedó mirando la hoja durante unos segundos, sumergiéndose en sus líneas, que asemejaban un río fluyendo, ondulaciones que se producían al doblar repetidamente el acero durante el proceso de forja. Se puso en guardia y lanzó una serie de golpes al aire, sin esforzarse mucho, ya que las costillas todavía le molestaban. El ejercicio le desentumeció los músculos y se sintió bien, a pesar del ligero dolor que aún tenía en el tórax; aunque continuaba teniendo la sensación de que algo no estaba donde debería estar.
Un golpe suave sonó en la puerta de entrada. ¿Podía haber sido el viento? Desechó la idea, tenía el pelo de la nuca erizado. Otro golpe suave, ya estaba seguro que alguien estaba al otro lado. Fue en busca de Catereen y la despertó.
—¿Qué pasa? —preguntó mientras parpadeaba varias veces y se frotaba los ojos.
—Algo no va bien —le susurró mientras se ponía el dedo índice sobre los labios—. Coge tu arco.
Catereen se levantó, se puso el gambesón, se ató el carcaj y el cuchillo en la cadera, y cogió el arco. Cuando estuvo lista asintió en silencio mirando a su marido. Mientras salían a la cocina se recogió su largo pelo en una trenza. Thúran le hizo señales en dirección a la puerta de entrada. Se quedaron treinta latidos mirándola, en silencio. Sonó otro golpe, esta vez un poco más fuerte que los anteriores. Thúran se colocó a un lado de la entrada y asintió mirando a su esposa; ella se puso de rodillas, cargó su arco y le devolvió el gesto. Él corrió el pestillo y abrió la puerta. Una figura, del tamaño de la mitad de un hombre, estaba al otro lado.
—Es Aelin, la hija mediana de los Labriego. —Catereen bajó el arco—. ¿Qué pasa, pequeña? —le preguntó mientras le hacía señas para que entrara—. ¿Dónde están tus padres?
La niña no hizo señales de moverse, estaba petrificada debajo del dintel, como si la hubiesen esculpido en piedra y la hubieran dejado allí. Catereen se acercó a ella, se agachó y le dio un abrazo.
Thúran cogió una vela y la encendió. A la tintineante luz vio el estado de la pequeña. Tenía el camisón totalmente carmesí, el pelo rojo revuelto y la cara manchada de sangre.
—Catereen —exclamó Thúran mientras inspeccionaba a la niña—. Mírala bien.
La mujer se separó de la niña y la miró de arriba abajo. Abrió muchos los ojos al contemplar su estado.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó agarrándola por los hombros.
Pero la pequeña no contestó. Tenía la mirada ausente, perdida en el infinito, miraba, pero sin ver; y su rostro estaba contraído en una mueca de horror indescriptible.
—Tenemos que ir a ver qué les ha pasado —dijo Catereen mientras la cogía en brazos y miraba a su marido.
—Voy a despertar a Milhi —comentó él, asintiendo con la cabeza, mientras se dirigía hacia la habitación de sus hijas.
Corrió la cortina que separaba la cocina de la habitación y se dirigió a la cama de su hija mayor, que estaba a la derecha.
—Milhi, hija, despierta —dijo mientras la agitaba, levemente, por los hombros.
—Abaxo, ¿qué ocurre? —preguntó ella parpadeando varias veces con los ojos rojos de llorar.
—Ha pasado algo en la casa de los Labriego; madre y yo vamos a ir a ver; tú tienes que vigilar que no entren aquí —explicó Thúran—. Ten preparado tu arco.
Ella se levantó, cogió la capa, el arco y el carcaj, que se lo ató a la cadera.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Milhi, al ver a la niña, haciendo un gesto de incertidumbre.
—No lo sabemos, pero tenemos que ir a ver—respondió Catereen mirándola—. Ocúpate de ella. —Señaló a la niña—. En cuanto salgamos, atranca la puerta, y no abras hasta que regresemos. —Se acercó a su hija mayor—. Sabes defenderte, te he entrenado bien; si hay problemas, sabes qué hacer.
—Ven, pequeña —le dijo Milhi mientras se agachaba—; ¿tienes hambre?
Thúran cogió su cinturón de armas, colgó la vaina y una bolsita que contenía remedios curativos. Cuando estuvo listo, él y Catereen salieron al exterior; un soplo de aire frío les dio la bienvenida. Un latido después de salir, oyeron el cerrojo corriéndose. Las dos lunas en plenilunio, no habían alcanzado su cenit. Los satélites se ocultaban tras los bancos de nubes o se zafaban de ellos, revelando y oscureciendo el entorno. Echaron a andar en dirección a la granja de los Labriego, que estaba a una longitud y media de distancia.
—No es buena idea acercarse por las tierras de labranza, estaremos expuestos —comentó Catereen, negando con la cabeza—. Deberíamos ir por la linde del bosque —añadió señalando la masa de árboles que había hacia el norte.
Sin esperar ningún cometario de su marido, torció en dirección al bosque.
Llegaron hasta la primera línea de árboles. Catereen se detuvo en seco, durante unos instantes se quedó petrificada, como si estuviera tallada en piedra. El recuerdo del terror vivido durante la noche anterior se le clavaba en el cerebro como un alfiler. Movió nerviosa la cabeza, escudriñando las sombras en busca de algún movimiento. Thúran, detrás de ella, observaba en silencio.
Finalmente, se adentraron en la espesura. Allí, la poca luz que se escapaba de las densas nubes no era capaz de atravesar las copas de los árboles. Las tinieblas los envolvieron, apenas se veía a dos pasos de distancia. El viento mecía la vegetación escondida entre las sombras, creando un ambiente fantasmagórico. Catereen, a pesar de la baja visibilidad, se movía con soltura y agilidad, teniendo que esperar a Thúran cada poca distancia.
Llegaron hasta la zona más cercana a la casa de sus vecinos. Estaba detrás de una tierra despoblada de vegetación, a unos veinte pasos. Se quedaron un rato observando los alrededores, parecía que estaba todo en clama.
—Quédate aquí —le ordenó Catereen a su esposo, entre susurros—. Voy a explorar.
—No, será mejor que vaya yo. Y tú te quedes aquí, cubriéndome con el arco.
—Me crie aquí, conozco el terreno mejor que tú —alegó Catereen—. Pasé mi infancia recorriendo estos bosques —siguió contando a la vez que señalaba hacia el bosque que se extendía detrás de ellos—. Aprendí a ir en sigilo, y a pasar desapercibida, a la edad de Caty. —Hizo una pausa y sonrió—. Lo único que sabéis hacer los imperiales es combatir en formación y meter tanto ruido que avisáis de vuestras intenciones a tres pueblos de distancia.
Sin decir más, desapareció entre la espesura y las sombras. Thúran se quedó solo engullido por las tinieblas, agazapado en la vegetación; algo le tocó el hombro, se giró con la espada en ristre y se encontró con la cara de su mujer, no sabía cuánto tiempo había pasado.
—Parece que no hay nadie en casa —le dijo mientras apartaba la punta de la espada con un dedo—. Salimos de la espesura y vamos lo más rápido posible hasta el primer muro de la casa. —Señaló las esquinas traseras del edifico—. Nos acercamos por separado y corremos en zigzag. —Lo miró y le sonrió—. ¿Alguna pregunta, soldado?
El negó con la cabeza. Sin pensarlo, ella salió de la espesura con la gracia de un felino, su carrera era rápida, describiendo patrones aleatorios en el movimiento; antes de que Thúran ni siquiera saliese del escondrijo, ella ya estaba a medio camino. El salió del bosque y avanzó lo más rápido posible, intentado no caer por el suelo embarrado. Llegó hasta la esquina trasera de la casa, en el lado contrario en el que estaba su mujer. La miró durante unos instantes, ella se asomaba por la esquina, nunca la había visto en combate. La rudeza que aparentaba, el pelo rojo fuego recogido en una trenza, su forma de moverse, su determinación le estaban impresionando, era mejor combatiente que muchos hombres. Le gustaba su físico, pero ahora había visto de lo que era capaz y le estaba gustando aún más; de haber sido su oponente, tenía dudas sobre quién habría salido vivo.
Ella giró la cabeza hacia él y asintió con la cabeza. Thúran le devolvió el gesto y ambos salieron de sus esquinas en dirección a la parte delantera de la casa. Ambos se encontraron en la puerta de entrada, que estaba abierta. Detrás de ellos, como a diez pasos, había un silo de cereal. Cada uno se puso a un lado de la puerta y se asomó un poco. Estaba a oscuras; con la excepción de que un enorme agujero en el tejado dejaba entrar la poca luz de las lunas que se escapa de los nubarrones, iluminando ligeramente la parte izquierda, y unas ascuas mortecinas, en el centro de la estancia, que iluminaban el círculo de piedras para cocinar.
Un chasquido les llegó desde el fondo. Entre las sombras algo se movía. Catereen se agachó y entró en la casa, seguida de Thúran. Los tablones del suelo crujieron bajo su peso. La sombra se detuvo. Dos puntos rojos aparecieron en la esquina contraria a donde estaban ellos. El ser emitió un sonido tan grave que vibró toda la casa. Los dos puntos rojos se movieron, con rapidez, hacia ellos. Sin pensárselo, Catereen apuntó con el arco y disparó. La flecha se perdió en la oscuridad. La criatura volvió a emitir otro sonido, esta vez más agudo. Vieron salir una sombra por el agujero del techo. Los dos combatientes salieron al exterior apresuradamente, buscando con la mirada lo que se había escapado por el agujero del techo.
—¿Qué era eso? —preguntó Thúran con voz tensa, mientras intentaba localizar a la criatura en la penumbra.
—No lo sé —respondió Catereen, sujetando el arco con firmeza—, pero no se parecía a nada que yo haya visto. —Se agachó y observó el suelo—. Qué extraño —comentó—. Tienen la misma forma de las que vi cuando encontramos el cadáver de Broja —señaló el rastro—, pero son menos profundas. —Se volvió para mirar a su marido.
—Debemos seguir adelante —dijo Thúran, tomando la iniciativa—. No podemos dejar que esa cosa se escape.
La pareja avanzó con cautela, escudriñando las sombras. El silencio de la noche se hacía cada vez más opresivo, y el miedo a lo desconocido se afianzaba en sus corazones. Siguieron el rastro hasta la linde del bosque. Se adentraron en la espesura. Allí la oscuridad era más intensa. Catereen se agachó y escudriñó el suelo, negó con la cabeza. Formó un círculo alrededor de Thúran, observando el suelo.
—He perdido el rastro —comentó, mirando hacia el bosque.
—¿Cómo que lo has perdido? —preguntó Thúran mirándola fijamente.
—Aquí no hay huellas —respondió ella negando con la cabeza—. Se acaban tras los primeros árboles. —Miró a su marido y se encogió de hombros—. No podemos seguirlo. —Volvió la vista hacia el bosque y pasó la mirada por encima de las copas de los árboles—. Deberíamos volver, adentrarnos con esta oscuridad y sin saber dónde está no es buena idea. Creo que es la misma bestia que nos persiguió ayer a Milhi y a mí; se movía saltando entre las ramas bajas de los árboles.
Thúran se quedó rondando la linde, como un lobo que había perdido el rastro de su presa, observando las profundidades del bosque con frustración. No le gustaba la idea de dejar escapar a aquella criatura, fuese lo que fuese; pero tenía que admitir que Catereen tenía razón. Sin rastros claros, y envueltos en una oscuridad tan espesa, seguir adelante no era buena idea.
—De acuerdo —concedió, con un suspiro—. Volvamos, pero debemos estar en guardia. No me fio de que eso haya terminado aquí.
Catereen asintió, aún con el arco preparado. Regresaron a la granja de los Labriego. El viento susurraba entre los árboles, y el crujir de las hojas bajo sus pies añadía una atmosfera más inquietante al silencio tan misterioso que reinaba en el bosque. Mientras caminaban, vigilando la retaguardia, los pensamientos de Thúran regresaron a la criatura. Nunca había visto algo así, ni siquiera en sus muchos viajes como soldado imperial. Los ojos rojos, el sonido estremecedor, la velocidad… ¿qué clase de ser era?
Llegaron a la granja y se detuvieron a pocos pasos de la entrada, observando a su alrededor, escudriñando las sombras. Después de un rato sin advertir peligro alguno, Thúran intercambió una mirada rápida con Catereen, quien asintió levemente. Sin más preámbulos, se adentraron en la oscuridad de la casa. Dentro estaba todo en calma, había una quietud absoluta que les ponía los pelos de punta. Algo extraño, como antinatural, flotaba en el aire, como si la tranquilidad fuera solo una fina capa sobre un caos latente.
Thúran cogió varios maderos, probablemente de muebles rotos, que estaban desperdigados por la zona iluminada. Fue al centro de la estancia, donde estaba el círculo de piedras. Sacó yesca de la bolsita de su cinturón, apiló la leña encima y sopló las ascuas hasta que se encendió un pequeño fuego. A medida que las llamas aumentaban se iba iluminando el interior de la casa. A diferencia de su casa, que era rectangular, esta era cuadrada; ya que no tenían cuadra y tampoco habitaciones.
La visión de la masacre los golpeó como un mazazo, seco y brutal, dejándolos clavados en el sitio. El silencio en la estancia era antinatural, como si incluso el aire hubiera huido del horror allí contenido. Los cadáveres de la familia yacían retorcidos en el suelo, formando una escena grotesca de muerte. Las ropas desgarradas cubrían sus cuerpos cubiertos de sangre. Tenían la piel cubierta de profundos surcos, laceraciones largas y profundas. Sus ojos abiertos, miraban al vacío, fijos en un horizonte invisible, inyectados en un terror tan puro que parecía haber quedado impreso para siempre en sus pupilas. Pero lo más espeluznante de todo eran las heridas. Mordeduras grandes, brutales, hechas por fauces demasiado grandes para pertenecer a una bestia común. Las mandíbulas que los causaron no solo buscaban matar, sino desgarrar y saborear. La carne arrancada, los músculos lacerados y el hueso desnudo decoraban las partes de los cuerpos que quedaban enteras.
Por toda la estancia había paja teñida de color rojo, como si alguien la hubiera esparcido lanzándola al aire y luego la hubiera regado con cubos de líquido carmesí. Salpicaduras cubrían las paredes, formando patrones caóticos que parecían casi rituales, como si la muerte hubiera dibujado allí su firma.
Thúran había estado en muchos campos de batalla, había caminado entre cadáveres humeantes de guerras que no conocían la piedad. Pero esto era distinto. No había señales de lucha ni armas ni defensa. Solo muerte, violenta y absoluta. Aquello no había sido un combate. Era como si los hubieran devorado desde la oscuridad misma del mundo. El olor a cobre impregnaba la atmósfera del lugar.
—Por los dioses —dijo Thúran, con cara de asombro, girándose sobre sí mismo para ver toda la estancia—. Esto es una matanza.
Catereen asintió en silencio, reconociendo la gravedad de la situación. El enemigo, lo que fuera esa cosa, había matado y devorado a sus víctimas, dejando una sensación de terror palpable. No había ninguna pista clara, solo ese rastro desaparecido en el bosque.
—¿Habrá podido escapar alguien más? —preguntó Catereen. Tenía la cara desencajada por el terror.
—Ese debe ser Biliam, por la complexión. —Thúran señaló uno de los cadáveres. Suspiró y tragó saliva—. Ese debe ser el bebé —dijo apuntando a un amasijo de carne del tamaño de un lechón—. El resto no se pueden identificar, en casa está la hija mediana y aquí hay cinco muertos. —Bajó la mirada—. Están todos aquí. —Respiró profundamente, armándose de valor—. Tenemos que ir a dar la noticia a la ciudad —comentó mientras se daba la vuelta y miraba a su mujer.
—A estas horas las puertas estarán cerradas —alegó ella, negando con la cabeza.
—Si tengo suerte y está de guardia alguno de mis antiguos compañeros, me abrirán a la primera —dijo Thúran—. Si no, tendré que esperar a que despierten a un oficial. —Suspiró profundamente—. Pero hay que informar de esto.
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